
El mundo impuro
Nos inclinamos a ver el mundo a través de las cosas impuras. Puedo explicarlo. Existe una “inmundicia” alrededor de nosotros, desde el color de la piel de alguien hasta la basura en las calles. En las calles, la “inmundicia” está en los vagabundos que caminan por ellas con sus ropas rotas y sus bienes cargados en carritos de supermercado o bolsas.
Pues sería bueno si mirásemos el mundo y viéramos solo las cosas buenas funcionando. Podríamos ver a la gente bien puesta, con colores de piel “aceptables”, un mundo construido artificialmente, sin las cosas que nos estorben nuestras miradas y mentes.
La realidad, entretanto, no es así. El mundo no funciona de esa forma porque hay imperfecciones y comportamientos que a muchos no les gustan, incluidos en ellos, los que viven excluidos de la sociedad, aunque piensen lo mismo y se imaginen iguales.
El agua que sale de los grifos en las casas no es la misma para todos. Los privilegiados la tienen en sus hogares, y ella es más limpia, de color claro y con mejor tratamiento. Mientras tanto, la mayoría de la población no la tiene. La inmundicia no elige la población, porque ella, muchas veces, no tiene opción. Es la selección social que define el nivel de integridad del agua, aunque ella sea un bien universal. Mientras algunas ciudades cuidan los ríos que las cruzan, otras comparten sus vidas con las aguas turbias y contaminadas, como si estuviesen en una competencia por sobrevivir.
Las aguas que reciben la basura llevan la pobreza por donde pasan. Esa inmundicia se les imputa a quienes no reciben educación o carecen de la noción de cómo proteger las aguas: la gente no es impura por ignorar, sino cuando nosotros la ignoramos. Nadie se imagina impuro cuando se les acusan de irresponsabilidad, aunque no tengan el conocimiento suficiente para comprender en donde viven.
Es injusto juzgarlos si pensamos en los errores que cometemos en nuestras propias vidas. Existen impurezas que cometemos en nuestro pasado. Por ello vivimos una vida insegura, llena de arrepentimientos, que contaminan nuestro sentimiento humano. Muchas veces cometemos actos impuros debido a nuestras irresponsabilidades morales. Somos impuros cuando imputamos a los demás nuestras fallas y nos juzgamos puros porque atribuimos a los otros nuestras culpas. Vivimos entre la ética y la tentación de la transgresión. Esa frontera, muchas veces, es superada en nombre de intereses personales y mezquinos. Sin embargo, aquellos que cometen “impurezas” eligen nombres bonitos y falsos para ellas, como “las leyes de supervivencia en el mercado laboral”, se creen expertos al hacer negocios y se sienten liberados para algunas “irresponsabilidades”. Estas “irresponsabilidades” son ejecutadas bajo el concepto de que la historia está hecha de realismos y, por lo tanto, sería una forma de decir que para los más fuertes, las “irresponsabilidades” no cuentan.
La esencia humana es convivir con las “inmundicias” cuando definimos lo que es puro o impuro desde la perspectiva de intereses personales. Existen momentos en que las supuestas “purezas” revelan más inmundicia que las éticas elegibles.
Origen de la foto: Foto de Bhautik Patel na Unsplash
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