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Las líneas de la vida

        Oímos todo el tiempo, de algunos “maestros de la vida”, que necesitamos tener foco para alcanzar nuestras metas. Es como ver la vida como si fuera una línea recta, sin paradas ni descansos, hasta alcanzar los supuestos objetivos. Entretanto, no existen emociones en una carretera recta, solo existe la monotonía. Las líneas rectas son construcciones obvias que no nos encantan.
      Lo que convierte a una carretera en algo romántico, peligroso y atractivo son las curvas que tiene. Las curvas son sorpresas que nos asombran y que tememos, como los encuentros con la belleza y el peligro. Las curvas son como esquinas. A veces sabemos lo que vamos a encontrar. Cuando las conocemos, ellas son zonas de confort y, cuando no lo son, se convierten en enemigas.
       Las curvas de una carretera en las montañas son como el abrazo entre el cemento y el acero, hechos por los hombres, fusionados con la tierra y los bosques. Es como si, finalmente, la naturaleza y las obras de los hombres se encontrasen volviendo a sus orígenes. Las curvas son los recuerdos que juntan las codicias humanas con las de la naturaleza, producidas por sí mismas. Es el encuentro entre lo artificial y lo natural.
        Cuando la vida se convulsiona, son las curvas las que el destino nos da. Es una jornada para aprender, oír, evaluar y descubrir. Hacer una curva es como abrazar lo desconocido, es buscarse a sí mismo o son oportunidades para reconstruirse.
       Cuando el hombre evita los obstáculos de la naturaleza, busca la mejor forma de convivir con ella. Son las curvas los momentos en que el hombre obedece al comando del ambiente. Ninguna recta respeta el espacio que tiene por delante. Una recta es como una espada en el pecho de la naturaleza, y una curva es un brazo que la envuelve o la protege del propio mal que el hombre le hace.
    Una carretera en las montañas puede ser una invasión o una integración, aunque también pueda ser un contacto más íntimo con la naturaleza.
      Desde una curva, admiramos el paisaje e interrumpimos nuestra caminata. Somos obligados a abandonar la velocidad a la que la recta nos llama para entregarnos al destino que está por delante.
     Nada más se inclina ante el mundo que el cuerpo cuando evita el obstáculo. Evitar un obstáculo es buscar el equilibrio que las idas y vueltas de la vida nos dan. Buscar el equilibrio convierte a las rectas en algo sin vida. El equilibrista se apoya en el viento cuando este le toca el cuerpo; es su apoyo imaginario. Son las curvas de los pájaros cuando bailan en el aire las que atraen nuestra atención y nos recuerdan cómo la vida puede ser graciosa y fluida, aunque estemos cerca de los imprevistos y de la sensación de no poder dominar el espacio que vemos por delante.
        Curvarse es adaptarse y buscar nuevas formas de evitar desafíos. Una recta va al encuentro del muro. Una curva es una forma de detener la marcha y encontrar otras formas de buscar los objetivos.

Origen de la foto: Foto de Sam Poullain na Unsplash

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Nilson Lattari

Nilson Lattari é carioca, escritor, graduado em Literatura pela Universidade do Estado do Rio de Janeiro, e com especialização em Estudos Literários pela Universidade Federal de Juiz de Fora. Gosta de escrever, principalmente, crônicas e artigos sobre comportamentos humanos, políticos ou sociais. É detentor de vários prêmios em Literatura

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