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Belleza infinita

         ¿Existe algo más grande que la belleza? ¿Aquél algo más grande que se pone en un nivel arriba de la belleza por sí misma? Sí. La belleza es algo que nos atrae con una mirada, un color, un detalle distinto de todo lo que hemos visto antes y nos transmite una idea de perfección o, aún, de asombro. Pues, podríamos concluir que no existe nada más allá de la belleza. Entretanto, la belleza no transmite una idea de grandeza, de majestad sobre las otras cosas. Siendo pequeña o grande, la belleza nos trasmite el poder de la atracción, de lo distinto y de lo incontestable.
        Irse más allá de eso es tomar la trascendencia, algo más allá de lo que imaginamos y que no podemos definir, tocar o imaginar. Existe algo sublime en el aire, que es transportarnos de la belleza hacia un lugar más ancho y desafiador. Es una idea espiritual que está más allá de los límites del alma y alcanza lo inimaginable.
          Cuando imaginamos viajar en el tiempo y el espacio para colocarnos sobre el todo. Eso, quizás, pueda definir la belleza infinita como algo sublime, inimaginable e intocable.
        Lo asombroso y lo inmenso nos pasan la infinitud de la belleza: mirar un paisaje magnífico que llena nuestra mirada y necesitamos movernos para comprender toda su magnitud, o un río embravecido que pasa velozmente con sus aguas llenando el espacio, no tienen una belleza en sí misma. Sin embargo, la belleza sublime debida a su grandeza y potencia.
         Delante de una escultura o de un cuadro, nosotros somos figuras estáticas ante la belleza, pero somos inútiles y pequeños ante la grandiosidad, mostrando algo más allá de nosotros y de difícil comprensión.
         Lo sublime puede ser aliado o enemigo, pero ser sublime es algo incontrolable.
        Ante una floresta exuberante y llena de vida, de un paisaje visto desde el topo de una montaña, navegar entre las ondas inmensas, al final de todo, ante la naturaleza que no podemos controlar, todo eso es sublime y magnífico. Por lo tanto, lo sublime proviene de la belleza y del temor, como una pareja marchando en sintonía. Y eso puede ser un factor de admiración y respeto. Con humildad, la naturaleza nos impone su ritmo y el derecho de ser lo que es; y ella es poderosa y dueña de sí misma. Conquistarla es un acto sublime porque nos hace superar barreras, supuestamente imposibles de superar. Y, en ese acto, no hacemos caso de su fuerza y pasamos a ser sublimes como ella.
      Pues, la superación es un acto sublime, demostrando una resistencia ante lo desconocido. Un astronauta va al espacio y se encuentra ante algo inmenso, con un horizonte improbable e indefinido. Su comportamiento al desafiarlo revela una fuerza más allá de sí mismo. Es, por lo tanto, un acto de belleza cuando intenta alcanzar lo imaginable. Ser sublime es ver la posibilidad de estar allí, listo para desafiar el destino.
        ¿Sin embargo, si una obra de arte es solamente bella, cómo ella puede ser, también, sublime? En este caso, si el acto de admirar se transforma en un comportamiento de cambio que estremece el interior de nuestra alma y nos hace reflexionar y modificarnos; sea en el pensamiento o en los comportamientos. Esa superación pasa a ser lo sublime y una belleza infinita, lista para cambiar nuestros comportamientos y hacernos mejores.

Origen de la foto:  Foto de Evan Smith na Unsplash

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Nilson Lattari

Nilson Lattari é carioca, escritor, graduado em Literatura pela Universidade do Estado do Rio de Janeiro, e com especialização em Estudos Literários pela Universidade Federal de Juiz de Fora. Gosta de escrever, principalmente, crônicas e artigos sobre comportamentos humanos, políticos ou sociais. É detentor de vários prêmios em Literatura

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