Cosas absurdas
Para mí, entre las cosas absurdas de la vida, perder nuestro tiempo con cosas fútiles es la más grande. Hablo de las cosas que pensamos de nuestros semejantes y de cómo nos relacionamos con ellos. Si imaginamos una escena en un aparcamiento, donde dos personas discuten por el derecho a aparcar su coche, por ejemplo, si lo pensamos bien, aquel espacio, aquel pequeño espacio en la tierra, no le pertenece a nadie. La gente pelea por él; no por ellos mismos, sino por un coche que se queda ahí parado, con su cara de payaso, mirándolas con sus ojos de vidrio, pacientemente, aguardando que las cosas se solucionen.
Una querella sobre una pelea de fútbol, cuando la gente sale a las calles para golpearse por una camiseta defendida por veinticuatro jugadores en la cancha, árbitros y el espacio alquilado donde se invierte mucho dinero que nunca llegará a los bolsillos de quienes se golpean como si estuviesen luchando por derechos o libertad.
La vida de la gente, sus hábitos y vida cotidiana, sus ropas o calzados, qué tipo de coche conducen, si tienen familia o no, cómo decoran sus hogares o cómo se divierten; ¿A quiénes estas cosas importan? Esos eventos deberían ser importantes para ellos y no para los vecinos o vecinas que los vigilan como si fuesen fiscales ridículos sobre lo que los demás hacen o van a hacer.
Discutir por tonterías es una característica urbana. Es claro que algunos animales pueden aburrirse, principalmente las mascotas – parece que compartir los espacios con los humanos les ha traído más problemas que soluciones.
Hay los que tienen ganas de salir a las calles intentando reparar los males del mundo, como si fuesen capaces, con una simple mirada crítica, de cambiar a la humanidad. Pienso que si cada uno cuidara de su vida, no tendríamos posibilidades de causar conflictos.
Si fingimos no comprender lo que los demás dicen o, irónicamente, les damos la razón, podemos enojarlos aún más. La vida es como un escenario de teatro donde los actores interpretan sus personajes y el público observa la actuación de cada uno.
No podemos argumentar con quienes no quieren ser convencidos. Por otro lado, cuando los ignoramos, pueden ser agresivos si no tienen a nadie que esté de acuerdo con ellos.
El mundo da vueltas, pero no necesitamos quedarnos tontos por eso. Chatear con la gente ignorante es la peor pesadilla. Los ignorantes no se juzgan así y, por ende, nada más absurdo que intentar convencerlos.
Acordar con un ignorante es la mejor y la peor cosa que podemos hacer. Acordar puede significar no importarse con lo que él piensa, y se pone una sonrisa en el rostro porque imagina que ha convencido a alguien: esto es la mejor señal de que algo absurdo ocurrió. Si no acordamos con él, tendremos un gran problema para solucionar.
Al final de todo, perdemos nuestro tiempo intentando reparar las cosas absurdas del mundo. Mientras intentamos hacerlo, somos más ridículos de quienes provocan errores y cometen absurdos en la vida.
Origen de la foto: Foto de Nina Grafova na Unsplash
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